Si existe un pasaje narrado en las escrituras que es muy conocido y predicado en muchas iglesias, es precisamente el de “la mujer del flujo de sangre” (Lucas 8:43-48, Marcos 5:21-43 y Mateo 9; 20-30). En él se habla del hermoso milagro que el Señor Jesucristo hizo a una mujer que se encontraba desesperada, por cuanto la enfermedad que tenía había significado la miseria para ella (había gastado todos sus recursos en médicos), el rechazo social (era considerada inmunda y era excluida de todos) y la desesperanza (al visitar tantos médicos y no haber encontrado cura alguna). Muchos podemos sentirnos identificados con la situación que estaba pasando esta mujer, cuando la miseria, el rechazo o la desesperanza han tocado la puerta de nuestras vidas y como ella anhelamos encontrar una salida a lo que estamos pasando.

Pero algo extraordinario ocurrió en su vida cuando escuchó hablar de Jesús, de los milagros que Él había realizado, de Su autoridad ante los demonios, de Sus palabras de vida y esperanza que no volvían vacías sino que edificaban al que las escuchaba; esto hizo que la fe de ella que, comprensiblemente estaba casi nula, fuera en aumento y saliera de su boca una palabra de fe y esperanza que ha ministrado la vida de muchas personas alrededor del mundo “sin tan sólo toco su manto, sanaré” (Mateo 9:21)

Pero debemos estar conscientes que, para tocar el manto del Señor Jesús, del cual hemos oído hablar, de quien nos han dicho que hace milagros, que sana, salva y bautiza, tenemos que hacer lo que la mujer de esta historia hizo: ¡humillarnos! ¡Sí! tenemos que desprendernos de nuestro yo, desprendernos del qué dirán de nuestra familia y amigos, desprendernos de nuestra vieja manera de vivir (2 Corintios 5:17). Juan el Bautista dijo acerca de sí mismo: “Es necesario que Él crezca, y que yo mengüe” (Juan 3:30). En otras palabras, debemos morir a nosotros mismos y entregarnos a Jesús en completa rendición y adoración. Esta mujer tuvo que abrirse paso entre la gente, empezar por abajo y se cumplió en ella la Palabra cuando dice que “el que se humilla será engrandecido por Dios”. Esta mujer que se encontraba a la orilla del mar de Galilea y se acercó a Jesús para ser sanada, se abrió paso entre la multitud porque estaba desesperada, había gastado todo su dinero en curas que no eran efectivas. Ella realizó un acto valiente cuando se empujó entre la multitud y buscó a Jesús ansiosamente. Esta mujer estaba convencida de que al tener contacto con El Mesías cambiaría su vida para siempre.

Cuando tocas el borde del manto del Señor, te estás sumergiendo en Su palabra. De modo que te harás fuerte cuando la palabra de Dios more en tu vida: el diablo huirá, estará siempre vencido.

Debemos experimentar cambios radicales en nuestra vida; por lo tanto, no toquemos superficialmente a Jesús, sino derramemos nuestra vida en adoración y entrega a Él, anhelando comprometernos en las cosas de Dios, hacer su voluntad y servirle para siempre.

Por eso hoy, atrévete a oír la voz de Jesús, a creer en Su palabra, atrévete a cambiar la situación que tienes ahora sólo creyendo con fe la palabra de Dios, y actuando en fe, dando pasos de fe, así como lo hizo esta mujer. Ella sabía que necesitaba una solución a su problema; pero había algo que ella debía hacer y era activar esa palabra que ella había oído hablar a Jesús. Toca a Jesús con tu fe. Atrévete a creer, a hablar la palabra de Dios que trae orden, sanidad, liberación, salvación, paz, salud, prosperidad, gozo y vida.

Hoy nos atrevemos como hombres y mujeres valientes y esforzadas a tocar el borde del manto de Jesús e ir en busca de nuestro milagro. ¡Dios te bendiga y ayude en todo!

Dios te bendiga. 

Escrito por: Julio Lara