¡Cuántas veces, ¡Señor, escuché tu voz!  Fueron muchas; pero yo no quise oírla, no solo te oía a ti, Dios, también oía a muchos que me hablaban maravillas acerca de tu nombre… ¡Vi tantas veces como la gente imploraba y pedía tu misericordia!

Job: 42:5. “de oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven”.

Me has hablado, Señor, de tantas formas, que aún a veces me pregunto, qué habrás visto en mí para que me tengas tanta paciencia. Dios, usaste a tantas personas para acercarte a mí y en todas ellas te rechacé a ti. Me hablaste de tantas formas posibles; pero es solo hasta hoy que en mi corazón comienzo a verte y puedo entender tu voluntad en mi vida, porque sé, Dios, que eres real y tu amor por mí no se rinde. Tú deseas que te conozca y jamás te ha importado mi condición de “pecador”. Siento vergüenza de mí mismo, siento pena de mi ignorancia. Hoy mi voz clama y te ruega ¡Dios ten misericordia de mí!

Tantas veces, Señor, me lo has mostrado, tantas veces he recibido tu llamado, tantas veces me has gritado “Clama a mí y te responderé”. Pero un día, pude oír tu voz dulce, que susurró a mi oído, mientras oraba como nunca antes lo había hecho: “Así es como quiero que ores”.

Nunca antes había llorado con tanta sinceridad y hasta ese día nunca había orado como tú querías “en mi lugar secreto”, postrado delante de ti con una actitud de humildad y, como tú habías esperado por tanto tiempo, sobre mis rodillas. Así como Job, ese día te conocí.

Me has permitido ver tu poder sobre otras personas y he sentido cómo tu fuego consume mi carne hasta volverla ceniza. Y ahora entiendo cómo obras para tu gloria; pues de las cenizas de una vida transformada, resurgirá una nueva criatura, en Cristo Jesús, dicho por el profeta Isaías “la simiente santa”. Mi nuevo Yo, mi nueva identidad.

Me he arrepentido muchas veces y muchas tantas he vuelto a pecar; pero aún tu gracia me alcanza y me vuelves a perdonar. Delante de ti me encuentro, desnudo y con miedo. Hoy puedo entender cómo se sentía Adam frente a tu presencia en el huerto del Edén y no lo juzgo. Reconozco mis faltas y confío en ti, yo sé que por mi fe seré restaurado. Hoy mi voz sólo puede decirte “Heme aquí Señor, envíame a mí”. Después de tantas excusas, de tantas promesas rotas y al ver en mi corazón tu imagen y al escuchar tu voz firme que claramente vuelve a preguntar: “¿Hasta cuándo?” …

Y sé que muchas veces he contristado a tu Espíritu Santo; pero tu voz me ha hecho entender qué quieres tú de mi Señor. Hoy me rindo ante ti y pongo mi vida en tus manos y te digo con todo mi corazón: sólo una cosa deseo hoy, conocerte y saber que tú eres Dios, ser tu mejor amigo, ver de cerca tu gloria, estar lleno de ti y sentir tu poder descender sobre mí. Sé que es mucho lo que pido, pero también sé que “no hay nada imposible para ti”.

Como Pedro, quien volvió nuevamente al mar de Galilea tras sentirse indigno de ser tu discípulo, hoy las dudas comienzan a desvanecerse, siento una paz que me invade y claramente escucho tu voz diciendo “¡Hijo, vuelve a mí!”. Nuevamente recibo tu llamado y tu pregunta aún es la misma de ayer: “¿Estás dispuesto a pagar el precio?” Pero hoy mi corazón, aunque no es el mismo de ayer, aún siente miedo. Sin embargo, mi confianza en ti crece cada día más, mientras aumenta mi fe y mi mente se aclara y las dudas se van.

Espíritu Santo hoy sé que eres real y sé que has esperado pacientemente por mí, he visto que tu amor por mí no cambia y hoy siento nuevamente tu misericordia sobre mí. Sólo puedo sentirme agradecido y afortunado. Hoy lavo mi cara, seco mis lágrimas, me levanto sobre mis pies y corro hacia tu presencia. Hoy respondo a tu pregunta, amado Espíritu de Dios; “Haz lo que tengas que hacer en mí”. Preguntaste, Señor, “¿Hasta cuándo?” Mi respuesta es una: “¡Hasta hoy Señor!” Ven, Espíritu Santo, lléname de ti.